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martes, 26 de marzo de 2019

LLÁMAME PERRO” Guadalupe Santana Suárez



Es verdad, que en algunas cosas el tamaño no importa, o por lo menos, no es relevante, sustantiva ni mucho menos acorde, la capacidad de sentir con el tamaño del que siente o nos demuestra sentir amor por los que casi nunca nos lo merecemos.

Y digo esto, porque… Se han preguntado alguna vez, ¿Cuánto amor cabe en el corazón de nuestra mascota? En el de un perro, por ejemplo… -Y hablo desde este prisma porque es un perro mi mascota-

¿En qué momento de nuestra vida hemos visto a alguien saltar de alegría ante la emoción de nuestra llegada?

¿Quién se desespera al sentir nuestros pasos tras la puerta o al escuchar el tintineo de las llaves antes de entrar en casa? –O simplemente el ruido del motor de nuestro coche, para ellos, diferente a todos los demás-

¿Quién, aunque nos huela y detecte que hemos estado con alguien de su especie, nos sigue queriendo igual, y sin gesto de reproche ni reparo alguno, nos lame y besa diciéndonos cuánto nos quiere y nos ha echado de menos cuando nos esperaba en casa con todo amor y paciencia?

¿Quién, incluso, se queda quieto y sentado si se lo piden, a sabiendas de que su dueño va a marcharse sin él, por ejemplo, abandonándolo a su suerte? Y, si logra volver, le mira como diciendo: ¡Hola! ¡Mírame, soy yo! ¡He llegado a casa! –Me olvidaste en la montaña- ¿Recuerdas?... Todo eso sin un ápice de recriminación, ira ni maldad en su vuelta y con toda la inocencia que cabe en su mirada.

¿Cómo nos permitimos el lujo, -los, llamados entidades racionales- de hacerles daño a seres que albergan tanta fidelidad y amor hacia nosotros, que además, cuando a fuerza de insistencia y de una inteligencia innata –no lo olvidemos- se hacen entender, nos creemos que alabamos y exaltamos su condición musitando: “Animalito”… -Sólo le falta hablar- ¡parece una persona! ¡Ja, qué gran equivocación humanizar a los animales! Mejor sería que nos animalizáramos todos nosotros.

Desde luego, seríamos mucho mejores y no habría en este mundo tanta miseria, envidia, hambre, desolación y guerras inútiles. Ni crueles batallas de unos pocos poderosos a costa de tantos pobres inocentes.
No me cabe la menor duda de que nuestros humanos sentimientos, no siempre fueron ni son, en beneficio de este planeta en el que vivimos y mucho menos en beneficio de los seres que dependen en gran medida de nuestros actos, muchas veces totalmente faltos de escrúpulos.

Estoy completamente segura de que nos iría mucho mejor si fuera nuestra especie la que dependiese de la clase animal…

Por lo tanto, y por todo lo suscrito, si alguna vez quisieran hacer valer mis virtudes de bondad, amor, fidelidad, confianza absoluta y espera infinita...
Por favor: ¡Llámenme perro!

Guadalupe Santana Suárez ©
 

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